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10月26日 Esta canción es para ti.
Había sido un verano maravilloso, de los más calurosos, ningún viejo del lugar recordaba tanta luz en los campos de aquel pueblecito al sur de Francia. Pero ahora había llegado el otoño y en los bosques que hacían de cinturón al pueblo, las hojas comenzaban a teñir el suelo de un color parduzco. Marie era una chica que igual que el verano, tenía una luz que arrollaba a todo aquel que se le acercaba. Su simpatía y vitalidad coronaban una hermosura que la hacía ser parte de la naturaleza que armonizaba aquella localidad. Sin embargo una mañana de octubre, no pudo levantarse, y el brillo de sus ojos se apagó. Su familia preocupada llamo al médico. -Tengo malas noticias, tiene una enfermedad muy difícil de curar – haciendo una pausa – se trata de leucemia. Nadie supo como encajar aquella noticia, ni mucho menos Marie. En su habitación apretaba los puños, prometiéndose que aquello era una pesadilla. Tan solo pudo llorar. Los días pasaban rápido. La luz era menor, y la noche era cada vez más larga comiéndole espacio al día. Tal vez era sintomático, la leucemia le hacía lo mismo comía su felicidad dirigiendo su vida. A menudo por las noches, soñaba como jugaba por la campiña, recorría el heno con las manos extendidas, tumbándose en él y dejando que la brisa acariciase su cara. Cada mañana su mamá subía al cuarto, le animaba a ser más fuerte, que luchase. Intentaba sacarla de la oscuridad en la que estaba. Nunca solían hablar demasiado. Se tumbaban juntas a contemplar la gente pasar y la enredadera que abrazaba la casa de un lado a otro. A la mañana siguiente, oía jaleo abajo, alguien había llegado a la casa de enfrente, era un chico de pelo acastañado con una maleta y un caballete. Esta región de Francia era asidua por pintores. Y los paisajes renacidos con la incipiente primavera habían hecho que aquel chico viniese en busca de inspiración. Era temprano y lo veía establecerse con sus pinturas, su mamá pensó que sería buena idea invitarle que subiese a pintar a la habitación de la niña. Con la ilusión de que ella recobrase parte del color en su carita. Y de hecho fue así, los días fueron ganando al sol, la enredadera comenzó a echar flor por toda la casa. Marie después de tantos meses en cama tenía fuerzas para levantarse y acercarse al lienzo que aquel chico pintaba. Mezclaba los colores con maestría y tamizaba el bosque con tanta vida que era como una melodía perfecta. Sintió el lenguaje de su pintura. Entre ellos no habían palabras, su lenguaje era la sensibilidad. -Nunca me había sentido así con una chica – dijo el –. Ella musitó un pequeño gracias. - Las gracias debería dártelas yo a ti. Esa noche fue la primera que al día siguiente no tendría que levantarse a tomar su medicación. De no ver como el día recorría la habitación muriendo en un rinconcito de la pared. Era tan feliz. Estaba igual a la enredadera que rodeaba la casa, viva. El médico apareció en casa. Después de una hora en la habitación, salió apesadumbrado y encogiéndose de hombros le dijo a su mamá: -Le queda poco, tal vez no llegue a final de verano. Al menos le dejaré algo para mitigarle el dolor. Desde la habitación escuchó todo, su madre sollozaba. Despidió al médico y fue en busca de su niñita. -Tranquila mamá ya sabía que esto tendría que llegar. – Les espetó -. Pero en realidad tenía miedo, el verano tocaba a su fin y como flores de enredadera que se caían por la llegada del frío, sus días de vida se estaban acortando. -¿Dónde está Pierre? - Esta mañana estaba comprando el billete para regresar pero me dijo que vendría a despedirse. Y así fue, entre los dos sobraban las explicaciones, él al mirarla supo que se su vida se estaba apagando. Y ella en él que se le partía el corazón. Se inclino y la besó en los labios. En la ventana el aire arrancaba pétalos de la enredadera, ya quedaba menos. Con él fue feliz, había conocido el amor. Después de huir de la muerte podía cerrar los ojos tranquilamente y dejarse llevar… Era la hora de la partida y el viento acunaba una florecilla que fue caer a sus pies, era la última que quedaba. Las ventanas estaban cerradas. No había lugar a preguntas. Agachó la cabeza, dejó tras de sí el patio llevándose su cuadro bajo el brazo. De camino sonreía, él que había dado vueltas por el mundo intentando buscar inspiración fue a encontrarla a un pequeño cuadro de una enredadera. Supo de inmediato que ella no se iba a marchitar, y guardando aquella flor se prometió volver la siguiente primavera.
10月17日 Voy a proponerte un plan. Es maravilloso leer una historia que desde lo más sencillo, aborda temas universales. Por eso, hablando esta tarde de historias que podría contar, recordé que cuando era un niño trasteando por el armario del salón de casa fue parar un libro al suelo, era un libro no muy grueso. Me agaché a recogerlo, y vi que en la portada había un dibujo de una mujer cubriendo su cuerpo, con unos cabellos rizos que abrazaban su piel, y al lado dos seres alados, como de otro mundo rodeándola. Era un libro de relatos cortos, nunca había leído escrito con tanta delicadeza. Quizas a partir de ahí, nacio mi curiosidad por descubir, por las historias.
Años después vi por la televisión como ese autor que me había cautivado un Vento ferido se lo llevaba. No me di cuenta, pero sin saber cómo, aquellos pequeños cuentos que habían caído en mis manos eran el mejor epílogo a una narrativa privilegiada.
EL cuento se llama A rapaza do circo. http://www.culturagalega.org/extra_noticia.php?id_nova=2410&id=301
PD: EL cuadro es El nacimiento de Venus de Botticeli.
10月8日 Lectura de bolsillo Con los ojos entreabiertos manejaba con automatismo el mando de la televisión, era una tarde lluviosa y creía recordar haberme levantado aquella mañana mirando el calendario que cuelga de mi habitación, en él estaba señalado con una equis mi cumpleaños, día ocho. Hoy.
En toda la tarde no sentí nada, ni dolor ni llanto, recordé que habia llegado a casa pensando que todo lo que conocía no era lo que creía, que la mentira se había quedado para reinar mi mundo. El refugio de mi habitación, su seguridad me daba pie a pensar que nada podía pasarme y tumbando en la cama me repetí que nunca más me derrumbaría, demasiado tarde las lágrimas resbalaban por mi cara.
No sabía cuanto tiempo llevaba allí, el reloj se habia parado, supongo que la pila había llegado a su fin. Ya no era la primera vez que me la jugaba. Me incorporé y reubicando mis ojos a la nueva situación, desperezándome, noté como a mi lado yacía el hueco dejado por una figura, extrañamente caliente. Rápidamente encendí la luz, en la mesilla había una nota perfumada.
La curiosidad me pudo y me eché a la calle con la nota en el bolsillo y la esperanza de cazar ese olor. Salí de casa con las llaves y llamando el ascensor se abrió la puerta y apareció una mujer, jamás la habia visto, iba vestida extrañamente anodina y a la vez fascinante, no le llame la atención, ni siquiera levantó la vista y tomó calle perdiéndose el ruido de sus tacones poco a poco, me detuve oliendo su perfume, escudriñando sus matices pero aquel no era el mismo que buscaba.
No tenía idea de por dónde empezar pero recordando que posiblemente el suceso se había producido estando fuera, decidí ir en busca de la asistenta que trabaja en mi casa. LLegué a su domicilio. Antes de que pudiera identificarme me advirtió que tenía algo para mí que una mujer aquella misma tarde le había entregado sin mediar explicaciones. Era un sobre, lo abrí, era una nota con caracteres arábigos de la cual no supe interpretar que mensaje contenia.
Estupefacto por la situación en la que me econtraba pensé en buscar respuestas a mi oficina, tenía la esperanza de poder traducir aquel mensaje y darle sentido. No cogí el ascensor y subí los peldaños de las escaleras lo más rápido que pude. En mi cubículo estaba el ordenador. Pero cuál fue mi sorpresa, en la mesa del escritorio la foto que lo presenciaba, aquella de cuando era niño y las batallas de la vida no habían maniatado la luz de mis ojos no estaba. En su lugar había otra nota también con caracteres arábigos, más escueta en su contenido.
Era imposible, no conseguía armar nada lo suficiente coherente que pudiese aclarar mis preguntas, me senti tan inútil, indefenso, como antes en casa. Y apagando el ordenador recordé que cerraba un círculo, mi existencia repleta de iluisiones traducidas en desilusiones volvía a mirarme frente a frente. Así metiéndome las manos en los bolsillos caminé con pasos muy cortos. Hubo una mujer a la que quise. Tanto que nunca fui capaz de poder decirle nada. La amaba tiempo hace en secreto...sentía que el día más triste, con verla, se disipaba.
Allí estaba ella, preciosa, con un vestido ajustado y escotado en su pecho. Dejaba ver sus hombros en los que reposaban los tirabuzones de su pelo castaño. De repente su sonrisa iluminó mi cara:
-¿Qué te pongo? - la misma pregunta desde hacía tres años-.
-Un whisky doble.
La miraba, no sé si con disimulo, como se movía. Sus manos, el balanceo de su pelo, la delicadeza de sus movimientos. Metí mano al bolsillo, saqué las notas y las miré mientras con mi mano balanceaba la copa que me acababa de servir. Nada tenia sentido para mí.
De repente sentí como alguien me observaba, levanté mi mirada y se acercó.
-¿Es árabe verdad?
Nunca lo hubiese imaginado, que fuera ella la persona que al final me daría las respuestas.
-Espero que no me cueste mucho.
-No más de lo necesario -dijo sonriendo-.
Lo miró un rato, y clavándome el inmenso mar azul de sus ojos en los míos, me contestó:
-Esto no tiene sentido, no significa nada.
Fue tal el desasosiego que un tremendo cansancio me invadió, me sentía como si mis fuerzas se vaciasen y lo que había hecho que tuviese un motivo por el que salir de casa se había tornado en un misterio. Tan solo deseaba regresar y encerrarme en la habitación. Me metí a oscuras, y a tientas noté que esta vez el hueco de la silueta que antes estaba al otro lado de la cama habia cambiado de lugar, alarmado encendí la luz y pude contemplarlo, pero lo que realmente me desconcertó fue encontrarme la foto desaparecida de la oficina allí. |
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